Protección y expolio

Todo comenzó en mayo de 1999, cuando los trabajos de desmonte del «Cerro Colorao» originaron la paralización de las obras.

Todos pensamos que con el nuevo año 2012 las cosas pueden ir a mejor, o al menos ese es el deseo que nos mueve a la mayoría de los seres humanos. Pero nada cambia per se. En el mejor de los casos se suele experimentar un letargo navideño que solo abandonamos cuando, tras la fiesta de la Epifanía, nos enfrentamos a la rutina cotidiana.

Después de este paréntesis todo adquiere su verdadera dimensión e, incluso, afloran viejas pesadillas que ya dábamos por superadas. Y miren por donde, renace con fuerza uno de los problemas que nos había quitado el sueño durante más de una década- el expolio del «Cerro Colorao» y la protección, a mi entender demasiado tardía, de lo poco que dejaron-. Una cuestión definitivamente zanjada en marzo de de 2009 con una inclusión en el Catálogo General del Patrimonio de Andalucía. Se daba carpetazo a una década de denuncias, esperas y trámites, demasiados trámites, para asegurar una larga vida vida a uno de los hitos más antiguos del municipio.

Por fin se conseguía pararle los pies al especulador y al expoliador, personajes que, en lo que toca a patrimonio histórico, suelen ir de la mano. No se impusieron sanciones ni castigos ejemplares que evitaran futuras agresiones.
Como suele ocurrir en este país, el delincuente se va en demasiadas ocasiones de rositas. La cosa quedó en nada.
Un yacimiento mutilado, unos especuladores que continuaban con sus negocios y un pueblo que asiste inmutable a un atentado de estas características. Mucha pasividad ante tamaña agresión, pensamos más de uno, pero así son las cosas.

Todo comenzó en mayo de 1999, cuando los trabajos de desmonte del Cerro originaron la paralización de las obras. Una orden que no pudo evitar la desaparición de la meseta superior, impidiendo con ello la localización de gran parte de su riqueza arqueológica. Del primitivo yacimiento, aquel recinto castral de imponente muralla, quedó poco o nada. Siglos de historia habían sucumbido ante la fuerza de las excavadoras que actuaban bajo las directrices de quienes les importaba poco o nada nuestro pasado. Por suerte, unos cuantos idealistas conseguimos ganarles una batalla legal, quedarnos con lo que no pudieron destrozar las maquinas. Fue una triste victoria que dejó mal sabor de boca ante la impotencia y la rebeldía que originaba la complicidad de las instituciones.

El Decreto 58/2009, de 3 de marzo, por el que se inscribía en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz como Bien de Interés Cultural, con la tipología de Zona Arqueológica, al yacimiento «Cerro Colorao», ubicado en los términos municipales de Benahavís y Marbella, justificaba esta inclusión en «su secuencia cronológica que transcurre por una serie de complejos periodos, iniciándose su andadura en el siglo IV a.n.e., dentro de un ámbito mastieno, pasando posteriormente a identificarse como ciudad púnica y por último romana«. El informe destacaba el potencial científico del yacimiento, trascendental para la investigación de las transformaciones sufridas por las ciudades incluidas en el ámbito cartaginés durante las Guerras Púnicas, así como la génesis de la romanización en la vertiente oriental del Estrecho de Gibraltar.

El pueblo mastieno pertenecía a la confederación tartésica, y extendió su influencia por la costa mediterránea de Murcia y Andalucía. Su capital era Mastia, la actual Cartagena, erigida en importante centro comercial debido a su riqueza mineral, la industria de la salazón y el esparto. Las ciudades mastienas,»Cerro Colorao» entre ellas, se situaban en lugares elevados de fácil defensa, estaban amuralladas y se regían por leyes escritas aprobadas en el Consejo de Ancianos, presidido por el monarca. Diversos autores relacionan a los mastienos con la cultura del bronce final por la costa de Andalucía oriental.

En su Ora Marítima, Avieno los sitúa – junto a los libiofenicios, cilbicenos y tartesios- al este del rio Criso o Guadiaro; unos mercenarios hispanos trasladados a África por Aníbal según manifestó Polibio en el siglo III a.C. Su asimilación con otras poblaciones, posiblemente cartagineses o bastetanos supuso su ocaso como pueblo. En síntesis, puede hablarse de una civilización que se extendería por la costa desde Guadiaro hasta el Cabo de Palos y por el interior entre Sierra Nevada y la cuenca del alto Guadalquivir, en las actuales provincias de Jaén y Córdoba.

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«Cerro Colorao» se asienta en un promontorio de la margen derecha del río Guadaiza, que por aquel tiempo es muy posible que fuera navegable para embarcaciones ligeras. Según José Suárez, esta zona conoció un fuerte poblamiento desde finales del siglo VII a.n.e., con asentamientos como La Era y Arroyo Casablanca en Benalmádena, Cerro del Castillo en Fuengirola, Roza de Aguado en Mijas, Cerro Torrón en Marbella y el Torreón en Estepona.

Tratamos de un periodo oscuro que se presta a múltiples interpretaciones. Por fortuna, su investigación se encuentra en alza, con cuyos resultados se va reconstruyendo la historia de nuestro entorno más cercano; una etapa que depende en grado sumo de las prospecciones arqueológicas.

Paradojas de la vida, mientras ciudades como Murcia, Cartagena o Almería se afanan por buscar indicios de esta cultura primigenia para exponerlos en sus museos, en estas latitudes se menosprecia. Ignoro si es debido a la falta de sensibilidad, a la incultura, la especulación o la avaricia. Lo cierto es que nos quedamos sin testimonios de un pasado poco conocido que ha sido condenado a desaparecer. Perdonen mi tediosa insistencia, pero no puedo evitar la pregunta, ¿Por qué no apareció «Cerro Colorao» en Estepona? Allí hubieran hecho maravillas con el yacimiento.

Catalina Urbaneja Ortíz

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