Historia
Marbella después de la Conquista
Una escueta ojeada a través de la historia de Marbella nos permite reconocer a una ciudad cuyos caracteres esenciales se conforman con la conquista cristiana. Marbella se rinde al rey Fernando el 8 de junio de 1485, según consta en las capitulaciones. Las noticias de la rendición de la ciudad apenas si se reflejan en las crónicas, posiblemente por el eco que tuvieron las resistencias de Ronda y Málaga. Con la rendición de la primera de estas ciudades, el 23 de mayo de 1485, desapareció el más duro de los sectores fronterizos; el camino hacia Marbella quedaba expedito para las tropas del rey Fernando, quien delega en el conde de Ribadeo los detalles de la entrega de la ciudad. Dicha entrega se va a producir, pues, sin lucha ni brillantez, lo que obviamente no satisface a un guerrero como Fernando.
Las Capitulaciones de la ciudad siguen el modelo de las establecidas para Álora, y en ellas se estipula la obligación por parte de los antiguos habitantes de abandonar la ciudad, otorgándoles ciertas facilidades para su exilio. Es de notar, en cualquier caso, la poca predisposición del rey por integrar a los musulmanes. Las Capitulaciones de las alquerías de Marbella se llevan a cabo en Fuengirola unos días después, y sus apartados son mucho más duros y exigentes que los dispuestos para la ciudad, quizás por haber sido otorgadas a instancias de los vencidos.
La llegada de los nuevos pobladores y la ocupación de las viviendas de los musulmanes se harán de forma paulatina, mostrando especial interés la monarquía en dotar a la ciudad de un número de habitantes suficiente que evitara la vuelta de los antiguos pobladores. La nueva población estará compuesta por un grupo heterogéneo de personas en el que predominan los soldados y los campesinos, en un número total que podría ascender a 275 vecinos, lo que supone una disminución sensible respecto al periodo musulmán.
En cuanto al Concejo de Marbella, su constitución no se produciría hasta unos años después de la entrega de la ciudad, debido a los problemas derivados del desalojo de los naturales y de la organización de la vida castrense. De tal manera que desde 1485 a 1490 las instrucciones que se conservan van dirigidas a personajes del entorno real: una minoría de familias que ostenta el poder local y cuyo máximo exponente es el conde de Ribadeo, alcaide de la fortaleza y justicia mayor. En este sentido, como ha señalado Catalina Urbaneja, «se intuye la inexistencia del cabildo en las provisiones emitidas durante este periodo, pues los asuntos de gobierno son dirimidos por personas allegadas a los Reyes Católicos (…). La administración local comienza a perfilarse a principios de la década de los noventa y se configura definitivamente al finalizar la “reformación” de Serrano», personaje conocido como el bachiller Serrano y que fue enviado para organizar el apeo y el repartimiento de las haciendas musulmanas.
En cualquier caso, una vez finalizada la guerra en 1492, Isabel y Fernando se disponen a recompensar los servicios prestados por los nobles que han participado en la contienda mediante la entrega en señorío de un buen número de villas y lugares esparcidos por todo el reino. Benahavís y Daidín son donados a don Juan de Silva, conde de Cifuentes, mediante Merced el 25 de junio de 1492 . La enajenación de villas y lugares dependientes de las ciudades a favor de los miembros de la nobleza siempre provocaron un enorme malestar y descontento en los concejos urbanos. En el reino de Granada, las primeras concesiones de señoríos suscitaron escasas reacciones, pues los concejos se habían constituido hacía poco tiempo, y sólo Vélez Málaga y Marbella expresaron abiertamente su disgusto por las mercedes otorgadas, en el caso de Marbella al conde de Cifuentes, y en el de Vélez a los Fernández de Córdoba. «Ambas ciudades se negaron a reconocer la jurisdicción de estos señores sobre las villas que les habían sido concedidas, lo que obligó a la Corona a confirmar los privilegios otorgados y a ordenar su cumplimiento» .
Se producen disputas y pleitos entre los señores y las ciudades. En Marbella, según la capitulación de rendición, los moros que vivían en ella y en las alquerías de Montemayor y Cortes «habrían de abandonar sus casas y tierras, las cuales serían repartidas entre los repobladores cristianos». Sin embargo, Antonio de Dueñas, criado del conde de Cifuentes, al tomar posesión de Benahavís y Daidín, pretende extender la jurisdicción de su señor sobre la alquería de Tramores y la fortaleza de Montemayor, a lo que se opuso Marbella, «que apoyándose en declaraciones de los propios mudéjares de Benahavís y de otras alquerías vecinas, efectuadas en el transcurso de una pesquisa realizada por el bachiller Juan Alonso Serrano en el otoño de 1490, alega que todas las alquerías situadas en sus alrededores carecen de términos propios y, por tanto, no reconoce al conde más jurisdicción sobre dichos lugares que “de las tejas adentro”» . Serrano inicia su pesquisa a raíz de la reclamación presentada por los mudéjares de las alquerías de Benahavís, Daidín, Tramores, Ojén, Istán, Almachar y Arboto, quienes se quejan de que los repartidores de Marbella los han despojado de las viñas y heredades que poseían, desde tiempo inmemorial, en las alquerías de Cortes, Benabolas, Esteril, Maguetes, Benamarín y Fontanilla, las cuales se habían despoblado antes de la conquista. Después de oír los testimonios de los vecinos más viejos de las citadas alquerías, que reconocen su dependencia jurisdiccional respecto a Marbella y la inexistencia de mojones que separasen sus términos de los de la ciudad, desestima su petición y adjudica a ésta última todos los términos de las alquerías despobladas. Serrano fundamenta su sentencia en la cláusula de la capitulación de Marbella que reservaba todas las tierras situadas debajo de las fortalezas de Montemayor y Cortes a los conquistadores. Las declaraciones de los mudéjares ofrecen interesantes detalles respecto a la organización administrativa de los distritos más occidentales del reino nazarí durante el siglo XV .
«No todas las ciudades tuvieron la misma suerte en la batalla judicial emprendida para tratar de reducir al mínimo posible el espacio sobre el que los señores podrían ejercer su jurisdicción. Únicamente Marbella alcanza una victoria total en este sentido». Resultó decisivo el testimonio de los mudéjares en la pesquisa del bachiller Serrano, para que el Consejo Real reconociera que Benahavís y Daidín carecían de términos.
Modificado el ( miércoles, 01 de abril de 2009 )
Marbella durante los siglos XVI al XVIII
En tiempos de Felipe II la venta de los señoríos suscitaron también la oposición de las ciudades afectadas, aunque poco podían hacer teniendo en cuenta que eran miembros de las propias minorías dirigentes los que compraban. «Marbella, por ejemplo, consigue impedir la exención de su jurisdicción de ciertas villas de su tierra (Estepona, Ojén) y la compra de otras por Carlos de Villegas, aunque para ello tuvo que ceder al chantaje de la Corona y desembolsar 2.000 ducados. Ésta, a cambio, se comprometió a no eximir tales villas en el futuro (…), promesa que, como es sabido, no cumplieron los sucesores de Felipe II» . Los mudéjares del señorío del conde de Cifuentes (Benahavís y Daidín) participaron activamente en los acontecimientos de 1500-1501, que después de las acciones de la Corona quedaría casi enteramente despoblado, aunque se recuperó rápidamente, ya que en 1504, en el reparto del servicio ordinario, Benahavís figura con 50 vecinos y Daidín con 40, o sea, que podrían haber recuperado la mitad de la población que tenía antes de la rebelión. Los nuevos pobladores son en su mayoría moriscos procedentes de las alquerías del interior de la Serranía de Ronda, cuya intención era pasar allende a la primera oportunidad que se les presentase. Poblamiento, pues, de gran inestabilidad. Las huidas están muy documentadas.
«Para facilitar la repoblación de sus villas, el conde de Cifuentes consiguió que la Corona garantizase a los moriscos que se avecindasen en ellas la conservación de las haciendas que poseían en sus lugares de origen». Las autoridades de Ronda y Marbella se oponían a estos trasvases de población, pero se les ordenó que «no impidiesen el avecindamiento de moriscos de sus jurisdicciones en Benahavís y Daidín, y que los bienes dejados por los vecinos de estas villas que habían huido al norte de África fuesen entregados al conde de Cifuentes». «Las fugas periódicas mantenían los niveles de ocupación de ambas villas muy por debajo de sus posibilidades, lo cual las hacía poco rentables (en 1526, una pesquisa revela que ninguna tenía más de 30 vecinos). Quizás por eso, el conde de Cifuentes decidió venderlas».
En cuanto a la industria, «El comercio de uvas pasas con destino a la exportación se canaliza a través de las ciudades (Málaga, Vélez Málaga, Marbella). Allí acuden los productores, fundamentalmente moriscos, a vender sus cosechas, las cuales serán adquiridas por comerciantes locales que luego las revenderán a los grandes mercaderes que controlan el negocio de la exportación».
A partir de estos años, Marbella, con una población estimada en 2560 h. en el año 1560 , y compartiendo corregimiento con Ronda, conocerá una notable actividad económica y agrícola. Un periodo en el que la vida entera de la ciudad estuvo fuertemente marcada por la familia Bazán, en concreto por el regidor del Cabildo Alonso de Bazán, alcaide del Castillo, cuya Tenencia ostentaba el conde de Teba. Su muerte, en 1573, y la de su hijo Fernando en 1604, sin descendencia, posibilitaron que se materializaran algunas de las cláusulas del testamento del primero, que se conserva en nuestro archivo —al igual que el de su hijo Fernando— como es la creación de un hospital que actuara como centro de socorro de los pobres naturales de Marbella. Existía desde hacía tiempo un Hospital Real dedicado a atender a los pobres forasteros, por lo que era evidente la necesidad que el deseo de Alonso de Bazán vino a cubrir. Por su testamento, todas las rentas producidas por el Mayorazgo pasarían a ser la base económica del Hospital de la Encarnación, conocido también como Hospital Bazán . La documentación generada por esta institución, que con toda seguridad fue transferida al Ayuntamiento en la segunda mitad del siglo XIX coincidiendo con la asunción de las competencias de Beneficencia, constituirá por sí sola la casi totalidad de los fondos existentes en el Archivo Municipal correspondientes a los siglos XVI y XVII. De estas centurias no hay otros papeles a excepción de un Memorial, una Real Cédula y una Provisión Real de 1624 relativos, los tres, al mismo asunto: un conflicto de competencias entre los Consejos de Justicia y de Guerra.
En las décadas iniciales del siglo XVII, Marbella se erige en una de las ciudades más comerciales del sur de España, con sus exportaciones de pasa, con sus vinos y la incipiente industria azucarera . Situación que se prolongará con algunos cambios hasta la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la ciudad experimente un sensible aumento de su población y un impulso modernizador en infraestructuras . Momento en que se inicia un proceso de larga duración que culminará en la actual configuración y delimitación del término municipal: Estepona, Istán, Benahavís y Ojén irán desmarcándose de la jurisdicción de Marbella y estableciendo sus propios términos. El procedimiento, los pleitos, los antecedentes y demás documentación necesaria para llevar a fin estos deslindes conforman la base de un material documental que por suerte conservamos casi íntegramente.
Desde el punto de vista de la actividad cultural, hemos de destacar que un marbellero, Rodrigo Arias Maldonado, escribió un Breve tratado de ortographia, libro que ha sido descubierto recientemente por J. Óscar Carrascosa Tinoco, que además ha realizado un estudio introductorio bastante interesante acerca del personaje y de la obra.
Desde el punto de vista urbanístico se van a producir modificaciones, ampliaciones, construcciones nuevas, destrucciones… Aquí sólo podemos dar testimonio de los trazos gruesos de esta mudanza, cuyas primeras manifestaciones vienen, lógicamente, del lado ideológico: la conversión de al menos seis mezquitas en iglesias cristianas (Encarnación, San Bernabé, Santa Catalina, Santiago, San Cristóbal y San Sebastián), que supone, en este sentido, una marca definitiva y excluyente de imposición religiosa a la que acompañan novedades ornamentales y arquitectónicas. Durante el siglo XVI, se fundan espacios nuevos: la ciudad se expande hacia el norte (barrio Alto), se crea el barrio Nuevo de la Fortaleza, se construyen el convento de la Trinidad, el hospital de San Juan de Dios y la iglesia del Santo Cristo, y probablemente fuese hacia el final de la centuria cuando se levantara la casa del Ayuntamiento y comenzara el proceso que daría lugar a lo que sería «la mayor obra pública de la historia moderna de la ciudad»: la plaza pública. Detengámonos un momento, porque merece la pena y lo dice todo, en la breve descripción de la semántica de la plaza: «Explicar su formación y evolución es narrar gran parte de la historia de la ciudad, ya que más que un espacio abierto es una concentración de símbolos, un conglomerado de memoria por acumulación de estratos históricos, vistos superficialmente en la sucesión de nombres que ha tenido: plaza Pública, de Cabildo, Real, de Isabel II, de la Constitución, del Generalísimo Franco, de los Naranjos» . Varias edificaciones se alzan durante el siglo XVII ―Casa del Corregidor, el Hospital Bazán y el convento de San Francisco―, pero también se manifiestan los primeros síntomas de degradación de las murallas.
La introducción de ideas ilustradas a la ciudad parece ser que se produce a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se establezcan en Marbella una serie de familias de extranjeras, fundamentalmente francesas, como Charroet, Bernard, Belón, Colbrán o Grivegnée; éste ya a principios del XIX. Esto no se traduce en la existencia de instituciones de carácter benéfico culturales , aunque sí en una nueva concepción del espacio y del ornato urbano.
La situación de Marbella en el siglo XVIII se conoce, básicamente, gracias al Catastro de Ensenada, publicado recientemente con un magnífico estudio introductorio a cargo de Lucía Prieto y Francisco López González , y a la documentación que se conserva en distintos archivos (Archivo Municipal, Archivo Histórico Provincial, Chancillería, Simancas). Según los datos que aparecen en el Catastro de Ensenada, de vital importancia para el conocimiento de la Marbella del setecientos, la ciudad presentaba a la altura de 1752 una configuración social profundamente desigual en la que un pequeño grupo monopoliza los sectores más activos de la vida material de la ciudad, así como el ejercicio del poder político y el control social derivado de la influencia del poder eclesiástico.
Los sectores estarían configurados así: en cuanto al primario, el sector agrario es el hegemónico, con el casi 49% del total de la población dedicada a esta actividad. Con la evidencia de que en este periodo existe en el campo andaluz relaciones de producción capitalistas, la presencia de población campesina asalariada es una numerosa realidad. Por el contrario, es muy escasa la población dedicada a la actividad pesquera (entre 30 y 60 pescadores).
En cuanto al sector secundario, el nivel de ocupación es bajo: el 9%. Un que no hace sino confirmar la debilidad de este sector productivo tanto en Andalucía como en Castilla. A ninguna de las actividades artesanales y manufactureras se le puede atribuir capacidad para desarrollar posteriores procesos de industrialización, que sólo hallarán continuidad en el caso de la fabricación de azúcar y en la siderurgia. A pesar de ser minoritaria esta actividad, en la ciudad pervivían los tradicionales molinos de aceite y harina y la fabricación de vino y azúcar. Destaca la presencia de un único molino de aceite situado en el cortijo de Miraflores, propiedad del poderoso Tomás Domínguez y Vargas, lo que indica la menor presencia del cultivo del olivo, en una zona orientada a las dos especializaciones más importantes del reino de Granada: la vid y la caña dulce, productos cuya transformación explica la presencia en el Catastro de una infraestructura considerable. En todas las grandes haciendas se plantaban vides y se fabricaba vino. Junto a las actividades agroindustriales, se desarrolla la actividad artesanal en pequeños talleres por maestros y oficiales: albardoneros, alfareros, herradores, zapateros, herreros, cordoneros, albañiles, sastres. El gremio mayor es el de los zapateros. Destacan, en un nivel por encima los maestros carpinteros y los maestros molineros de pan.
Y en cuento al sector terciario, agrupa todas las actividades relacionadas con el comercio y con el transporte, así como los profesionales vinculados a la actividad intelectual (médicos, barberos-sangradores, boticarios), los empleados en distintas actividades de carácter administrativo. Si incluimos al estamento eclesiástico, el peso del mismo es evidente. En el comercio de exportación se hallan algunos de los mayores niveles económicos de este periodo.
Como decíamos antes, un pequeño grupo monopoliza los sectores más activos de la vida material de la ciudad. Riqueza material, influencia social y patrimonialización del poder municipal definen la oligarquía local, cuya misión social es el ejercicio de las funciones administrativas y políticas a través de las instituciones concejiles.
La estructura concejil de Marbella en el siglo XVIII no era muy diferente a la de la centuria anterior. Los miembros del Cabildo eran propietarios de sus oficios. En zonas de realengo, como era Marbella, la adquisición por compra de las regidurías, alcaldías, privilegios y distinciones permitía a los hidalgos y caballeros convertirse en capitulares. En el Cabildo de Marbella, junto a Tomás Domínguez, que tenía asiento preferente y el privilegio de portar espada, en las sesiones se sentaban, en 1752, nueve regidores que constituía un grupo oligárquico (Pedro Quiñones, Miguel Roldán, Martínez Cordero, etc.) para los que status definía la pertenencia a un estamento separado jerárquicamente del conjunto social. Su fortuna les permite encaramarse al poder concejil, pero igualmente el aparato municipal facilita el enriquecimiento; y no por la percepción de los simbólicos ocho ducados, sino por la gestión de la más importante fuente de ingresos del Ayuntamiento durante el siglo XVIII: los Propios. La explotación de las tierras municipales será generalmente monopolizada por la oligarquía concejil. Asimismo, la rentabilidad de las tierras comunales explica la escasa extensión de la tierra cultivable en Marbella. Una rentabilidad que se refiere especialmente al fruto de la bellota, rematada a lo largo de toda la centuria por los poderosos regidores locales o sus familiares. Éstos son también los más pertinaces deudores de las arcas municipales, a las que rara vez incorporaban el precio de los remates. Durante décadas, los Quiñones, los Benjumea, los Cordero o los Domínguez controlan los arrendamientos de las tierras municipales como una más de las actividades que define su estrategia de grupo.
En lo relativo a la estructura física de la ciudad, el siglo XVIII supuso un salto de calidad en la urbanística de la ciudad. Un impulso al que no es ajeno el relativo alivio financiero del periodo de la Ilustración en toda la península y que en Marbella se reflejó, entre otros extremos, en las incoaciones de procedimientos por particulares (se recogen un gran número de ellos) para ir sustituyendo las murallas por viviendas , y, sobre todo, en la aparición de un espacio emblemático, la Alameda , que consolida la apertura de la ciudad hacia el sur. Una nueva región urbana que, para el autor, constituye el exponente de las contradicciones ilustradas: «Con una población (…) más preocupada por la subsistencia que por el parque, la municipalidad se preocupaba más por la Alameda que por el bienestar de sus ciudadanos» . Pero antes de la aparición de este lugar, la cesión de unos terrenos por el marqués de Castellón había propiciado la ampliación del ámbito urbano a levante de la ciudad y el germen de lo que en poco tiempo se conocerá como el barrio Nuevo (el Barrio), zona que irá adquiriendo «cierta relevancia como barrio» a medida que el peligro corsario se perciba como algo pasado y la población, perdido el miedo secular, inicie un paulatino acercamiento al mar . Un siglo, pues, el dieciocho de inusitado crecimiento que asiste también a la erección del nuevo templo de la Encarnación o a la sustitución del castillo de San Luis por el fuerte del mismo nombre ; en el que, en consonancia con el siglo, se produce un mejoramiento de la actividad fabril de la Marina y, por último, un momento en el que comienza a plantearse, por vez primera, la posibilidad de construcción de un puerto, que, a medida que el tiempo pase, iría convirtiéndose en «la historia de su fracaso».
Época contemporánea: El siglo XIX
Al principio de siglo, justo después de la ocupación francesa, el panorama de la ciudad no era muy halagüeño. Con una población estimada de unos 3.700 habitantes, se asistió, sin duda, a un fuerte retroceso en lo económico y en lo social, con poca actividad pesquera (aunque mayor que al final del mismo siglo XIX) y con una exigua industria artesanal. Rodríguez Feijoo define la situación así: «en 1814, nos encontramos con una población netamente rural (…). Nos encontramos con una sociedad rural enclavada en pleno Antiguo régimen, con una sociedad estamental que se basa en la desigualdad civil entre el grupo de privilegiados (nobleza y clero) y no privilegiados».
POBLACIÓN Y SOCIEDAD
Al comenzar el siglo, Marbella la población de Marbella, como hemos dicho, giraba en torno a unos 3.700 habitantes. Una población que mantenía intactas las estructuras estamentales del Antiguo Régimen, con el 93% de sus pobladores encuadrados en el llamado Tercer Estado.
Según los estudios de Rodríguez Feijoo , la población activa era del 17,9%, mayoritariamente rural y se dividía de la siguiente manera:
Sector primario: 59,6%. Como decimos, la mayor parte se refiere a la actividad agrícola, aunque la pesquera sea de mayor entidad que la de final de siglo. El sector secundario: 12,24%. Es escasa la actividad industrial, y destaca el zapato, con carácter artesanal; la construcción de barriles de madera y molinos para alimentación. En cuanto al sector terciario, con el 28,21% de total, destacan el comercio, el transporte y, por último, los funcionarios civiles y militares.
En resumen, «En 1814, nos encontramos con una población netamente rural (…). Una sociedad rural enclavada en pleno Antiguo Régimen (…), con una estructura estamental que se basa en la «desigualdad civil entre el grupo de privilegiados (nobleza y clero) y no privilegiados».
Si comparamos esta situación con la de finales de siglo, nos da los siguientes resultados:
En 1897 Marbella contaba con 7.927 h., con una población activa del 21,6%. El sector primario representaba el 71%. La actividad agrícola representa el 83% del sector (un 57,4% del total de la población activa), y la pesca disminuye en términos porcentuales: alrededor del 7%. El sector secundario (9,6%), está representado en primer lugar por la construcción, la piel y la madera; y en cuanto al terciario (18,6%).
De manera que al final del siglo, Marbella continúa siendo una población rural, pero en la que se observa que el sector agrícola ha aumentado; que la riqueza minera está en manos foráneas, y el sector servicios se encuentra inflado por las necesidades de la población.
En general, se puede afirmar que «Durante el siglo XIX la mayoría de la población no alcanza unas cuotas de bienestar mínimas». Se producen crisis demográficas con epidemias de lepra (1821-1822) o del cólera morbo asiático (1834, 1855, 1855); las condiciones de insalubridad son notables y las malas condiciones higiénicas en general. Se producen, asimismo, crisis epidémicas en la agricultura: oidium (1850-1857) o filoxera (1874-1879, 1893, 1895) . Inundaciones pertinaces y heladas se alternan con sequías.
ECONOMÍA
En lo referente a la actividad económica, conviene destacar que la industria azucarera tenía una cierta tradición en Marbella, pues ya había contado con un trapiche en 1646, que en 1730 pasó a ser de la Inquisición de Granada, que lo cedió a terceros en régimen de arrendamiento. Sobre estas fechas también se empezó la construcción de otro trapiche por parte de la familia Domínguez, en los terrenos del Prado, junto a su cortijo. El llamado hoy Cortijo Miraflores. Al principio del siglo XIX ambos trapiches estaban arruinados. Pero en los inicios de esta centuria, Enrique de Grevignée House, procedente del alto comercio marítimo, adquiere el antiguo trapiche de la Inquisición, lo reconstruye y restablece el cultivo de la caña dulce en la comarca, que iba a florecer hasta la invasión francesa.
Los avatares de la llegada de los franceses empiezan a reflejarse en Marbella hacia finales de 1810. La ciudad sufrirá continuos saqueos, invasiones e incendios, lo que provocará que la mayoría de los ciudadanos se refugien en Coín. Los recursos defensivos de Marbella se limitaban al Fuerte o Castillo de San Luis, que fue objeto de varios asedios. Rendido el fuerte, los franceses fijaron en Marbella un destacamento al mando de un comandante, estableciendo el cuartel general en el convento de San Francisco. Estuvieron en Marbella hasta el 25 de agosto de 1812.
Como consecuencia de la guerra, la ciudad quedó arruinada. Las necesidades eran muchas y las arcas estaban vacías: urgía reparar la cañería general que proveía agua al pueblo, se necesitaba reparar el Puente de Málaga, para normalizar la comunicación con el Barrio Nuevo; se precisaba un cementerio; los empedrados de las calles en pésimo estado; la Alameda despoblada de árboles, etc. Pero a pesar de todo ello, se comenzaron las obras de construcción del Puerto de Marbella el 8 de julio de 1818. El fracaso de las previsiones económicas condujo al abandono de los trabajos mucho más adelante.
A la penuria económica habrá que añadir la situación conflictiva que Marbella vivía con municipios como Ojén, Istán o Monda en defensa de sus montes de propios, que entendía como saqueados, o por la poca predisposición que, en general, se daba en Marbella a aceptar la segregación de los citados núcleos de población . Por otro lado, en Marbella se van a detectar los primeros síntomas de las desamortizaciones iniciadas durante el trienio, y que afecta a la reutilización de los tres conventos existentes en la ciudad.
Hacia mediados de siglo se va a producir un hecho de vital importancia para el posterior desarrollo económico de Marbella: la liquidación del caudal de Propios como efecto de la desamortización.
Al producirse la rendición de Marbella, los Reyes Católicos ordenaron, con motivo de los repartimientos, que se dejasen para Propios de la ciudad «todos los montes de llevar bellotas y los pastos de Sierra y Monte Pardo comprendidos en su término». Así, quedaron para Marbella los montes llamados La Carnicería, La Fuensequilla, Bornoque, el Puerto de Ojén, los Baldíos de Guadalmansa, el Alcornocal de las Bóvedas, Alicate, Montenegral, Tahones, Gamonales, Las Chapas, y las Bocas y las Calas.
La corriente desamortizadora dará al traste con casi la totalidad de la riqueza territorial de la que secularmente había dispuesto Marbella para atender al sostenimiento de las cargas públicas, lo que obligará a una reconversión de la hacienda municipal, que tendrá que arbitrar recursos, atacando directa o indirectamente los bolsillos de los particulares. La nueva situación provocará numerosos conflictos y, especialmente, el arbitrio de consumos, en manos de rapaces arrendatarios, se ganará la inquina popular.
En Marbella, el proceso desamortizador, es decir, la venta a particulares de los bienes de Propios y Comunales, correrá paralelo a ese fenómeno de la deforestación de los montes de su entorno, que realizan las ferrerías. Tras la Sierra Real, pasaron a propiedad particular Bornoque y Alicate. Igual suerte hubiera corrido el resto de no ser porque el Ayuntamiento, en 1856, adoptó el acuerdo de solicitar la excepción de la venta de Sierra Blanca, los Llanos de Nagüeles, los Baldíos de Río Verde, y el pinar de Valdeolletas.
Por otro lado, hasta la segunda mitad del siglo van a pervivir los ingenios azucareros; y continuarán después en la colonia de San Pedro con la inauguración, en 1871 de la industria de la caña de azúcar. De 1883 data la fábrica de azúcar de El Ángel. Y al decir de Rodríguez Feijoo: «la producción de azúcar de esta segunda etapa sustituirá a la siderurgia y se convierte en una de las actividades productivas más importantes del litoral» .
Lo sustancial del periodo estriba en ser el punto de inflexión de esas grandes realizaciones que a la postre redundaron en la mengua de los recursos de la tierra de Marbella. Nos referimos a la aventura económica que comienza con la extracción del grafito y plomo (ésta en la mina Buenavista) y que datan ya del siglo XVIII, y que continuó, como hemos dicho, con la industrialización del azúcar, una actividad tradicional que se recupera en los primeros años, declina en los años 20 y se reactiva en el último tercio del siglo gracias a la iniciativa del Marqués del Duero . Pero lo que mayores consecuencias arrastró fue la implantación de las ferrerías de Río Verde, que convirtieron a nuestra ciudad en la adelantada de la siderurgia nacional, y que, aunque trajo una relativa bonanza al municipio en la década de los 40 , a largo plazo van a provocar el esquilmamiento de los bosques del término , con la consiguiente disminución de los recursos y el empobrecimiento generalizado. Un decaimiento económico que ya es una realidad en los años Ochenta, con el cierre definitivo de las industrias —por entonces ya en manos inglesas— por este agotamiento del arbolado y el lógico y progresivo encarecimiento del carbón de leña, “[que] hizo imposible competir con los hierros asturianos del Cantábrico (...)” . En la última década del siglo, la crisis industrial viene acompañada de los primeros síntomas del declive minero, haciéndose patente, al mismo tiempo, la poca disposición que la sociedad propietaria de las minas del término, la Marbella Iron Ore C&L, demostraba para renovar los sistemas tradicionales de extracción, y que redundaría sin duda en el paulatino agotamiento de las vetas .
La explotación de las vetas de hierro de la mina de El Peñoncillo, desde 1869 en manos de la Marbella Iron Company (hasta la 2ª República), continuará hasta 1970. Pero poco se aprovechó el pueblo y las economías domésticas de ello: «la riqueza minera de Marbella será ampliamente explotada, con mayor o menor éxito, durante el siglo XIX, aunque bajo intereses foráneos que en poco beneficiarán a esta ciudad, ya que no generaron, salvo en el caso de las ferrerías, industrias relacionadas con ellas, sino que la extracción del mineral será exportada al exterior» . Siendo, así, constatable la incapacidad de las clases medias marbellíes para organizar, a lo largo del siglo XIX, un modelo económico que respondiera a las exigencias del mundo moderno. El final del siglo XIX no son sino una sucesión de momentos de crisis. Ya se venía anunciando desde prácticamente todo el siglo. En 1866, antes del Sexenio Democrático, la situación del Ayuntamiento es calamitosa. El paro se había consolidado en un grupo representado por jornales y por los obreros de las fundiciones . A finales del sexenio, la situación seguía deteriorándose.
Es relativamente fácil, a la luz de los documentos, percibir que el fin de siglo en Marbella es sinónimo de crisis económica. En una sociedad como aquélla, rural, atrasada, cuya vida difiere poco de la de centurias anteriores, y que, a pesar de ello, se va modernizando a duras penas por un tiempo se volvió a la luz de petróleo, después de cinco años de alumbrado eléctrico , en una sociedad así el impacto de la regresión económica es mucho mayor.
Al margen de la naturaleza industrial, la crisis económica es imposible de disociar del tremendo impacto que la filoxera provocó en los campos y, por ende, en el mundo campesino, que ya había conocido la crisis del olivar, la de los cítricos y el descenso del valor de la caña de azúcar. Se trató de una fatal coincidencia temporal de la plaga filoxérica y una depresión general que afectó a los principales cultivos y a la ganadería . Un desplome generalizado del sector agrícola que se hará patente en un fenómeno cuya aparición es, como hemos dicho, uno de los hitos más importantes que jalonan la historia de Marbella: la creación y desarrollo de la colonia agrícola de San Pedro Alcántara. La crisis económica del último tercio de siglo se dejaría sentir en los jornaleros de la colonia, apareciendo algunos síntomas de malestar social en los años 1897 y 1898 , momento a partir del cual se va a iniciar un ciclo de expansión económica por el aumento en la producción industrial, primero de la remolacha y después de la caña de azúcar, debido a la pérdida de Cuba, principal proveedor hasta entonces de este producto . Un hecho éste, el de la reactivación azucarera, de suma importancia y que será el factor principal del flujo de población desde Marbella a San Pedro , y que nos induce a considerar la coexistencia de dos procesos evolutivos divergentes en el mismo término municipal a partir de los últimos instantes de Diecinueve: el avance de la colonia y el retraimiento de la ciudad.
POLÍTICA LOCAL
La política local, después de la Guerra de la Independencia, se nombra como alcalde provisionalmente a Alonso María Roldán, que antes había ocupado el cargo de regidor decano. Después de las primeras elecciones, se nombra a Manuel Martínez Molina. Un gobierno que, al parecer, no gozaba de las simpatías del clero.
Las segundas elecciones, las de diciembre de 1813. Ya están perfilados los dos personajes que van a disputarse la Alcaldía en lo sucesivo: Alonso María Roldán y Pedro Escobar. Después de algunas impugnaciones y controversias, queda definitivamente nombrado como alcalde este último. La vuelta al absolutismo, en 1814, trajo a aparejada, también, el regreso de Roldán. Esta vez por seis años.
Durante el denominado Trienio Liberal, el concejo de Marbella se encuentra «permanentemente agobiado con las cargas fiscales e incapaz de generar recursos más allá de la imposición de nuevos arbitrios y el aprovechamiento de las tierras de propios. La ciudad tiene graves problemas estructurales e importantes déficits de obras públicas complicados por las destrucciones de la Guerra de Independencia, con casos tan emblemáticos como la voladura del puente de Málaga. Son permanentes las referencias a un sistema de cañerías de agua potable y saneamientos en ruina, a las difíciles comunicaciones a pesar de ser un punto determinante en las comunicaciones entre el entorno de Málaga, el Campo de Gibraltar y el interior de la provincia, o a un muelle siempre inacabado que no proporciona nada más que un fondeadero natural, condicionando la presencia de una escasa flota pesquera y de una algo más pujante flotilla de cabotaje» .
Durante este periodo, y en los siguientes, va a destacar la figura de Alonso María Roldán, que, en un contexto dominado por el ascenso burgués y la transformación de las clases dominantes del Antiguo Régimen, constituye un «un magnífico ejemplo del pragmatismo con el que estos oligarcas afrontan las cambiantes situaciones y son permeables a las nuevas prácticas políticas, pasando sin el menor rubor del absolutismo al liberalismo y viceversa. Frente a ello, la familia Escobar es la representación de las clases burguesas emergentes. Su enfrentamiento integra buena parte de las características sociopolíticas del momento».
Por otro lado, «el comienzo de esta nueva etapa liberal en Marbella no va a ser pilotado ni por los sectores ostentadores del poder político y económico en la etapa anterior ni por una burguesía comercial que acceda desde aquí a los resortes del poder. Serán mandos militares y funcionarios de nivel medio, pequeños propietarios agrícolas y algunos comerciantes y artesanos, todos ellos con moderados niveles de renta, los que asaltan el edificio absolutista. De ello podemos extraer dos conclusiones fundamentales. En primer lugar, la oligarquía local no demuestra ninguna capacidad de reacción, bien porque, dada la permeabilidad con la que acogen a las nuevas instituciones, no sientan el fin del absolutismo como una amenaza, bien por una pérdida total de control de la situación».
Las nuevas instituciones liberales se van implantando; proceso que culmina el primer año del Trienio con la aparición de la Milicia Nacional, «fuerza ciudadana garante del orden constitucional, que debía implicar en la defensa del sistema a todas las capas de la sociedad» . Unos objetivos que fracasan por la falta de financiación y la mala organización, lo que provoca que nunca sea «una fuerza útil ni para el control del orden público ni mucho menos para actuar contra las partidas realistas que operan en la sierra de forma cada vez más activa» . Lo mismo que también fracasa el intento de los munícipes de retomar el control de los propios para garantizar un mínimo de funcionamiento de la institución local. «A la postre, el esfuerzo de los miembros del concejo no irá más allá de actualizar los remates a pagar por los arrendatarios, sacar de nuevo a subasta algunas zonas que habían dejado de tener actividad y a solicitar una y otra vez a las Diputación Provincial autorización para licitar el aprovechamiento de nuevas tierras comunales con las que cubrir cargas fiscales o gastos concretos. La columna vertebral de los propios vendrá determinada por las subastas del fruto de bellota, eje fundamental de su capacidad para generar ingresos, aunque sus rendimientos serán rápidamente absorbidos por las famélicas arcas municipales».
En lo político, durante el segundo cuarto del siglo XIX Marbella sufre lógicamente las consecuencias del cambio de régimen y, sobre todo, la amenaza carlista, personalizada en la figura del general Miguel Gómez, natural de Torredonjimeno (Jaén). El concurso de Marbella y sus poblaciones limítrofes en la expedición de este general comienza en 15 de noviembre de 1836, cuando se produce el llamamiento provincial a los milicianos nacionales, pues la facción del rebelde Gómez había vuelto a aproximarse a los límites de la provincia. El carlista tomaría ronda y prepararía el levantamiento general de toda la Serranía y de Marbella, tras lo que accedería a unas vías de comunicación de vital importancia para el desarrollo posterior de la campaña. La situación en Marbella llegó a considerarse preocupante, creándose una especie de psicosis en la ciudad, y se ve sometida durante algunos días en una verdadera economía de guerra, la sustitución del gobierno local . Además, y según consta en la documentación municipal, se mandó poner a buen recaudo el Archivo Municipal. Pero los movimientos de las tropas de la reina (toma de Gaucín, etc.) desharán los planes.
Otro momento histórico que encontraría refrendo en Marbella fue el trienio esparterista. Tan pronto como se conoció en Marbella el alzamiento en Madrid de los partidarios de Espartero, Bernabé Chinchilla Bernardi se puso al frente de los milicianos nacionales, apresurando e impulsando el movimiento, que fue secundado asimismo por las fuerzas de carabineros. Málaga será, después de los tres años, la primera en alzarse contra Espartero, secundada inmediatamente por Marbella.
El sexenio revolucionario comienza con un hecho relativamente curioso: el anteproyecto, por parte del Estado, de la supresión de los ayuntamientos de Benahavís, Ojén e Istán y su agregación a la ciudad, por carecer éstos de recursos económicos. El Ayuntamiento de Marbella, a pesar de pasar por serio apuros financieros, acepta dichas incorporaciones. Posteriormente, todo quedó en nada.
En cuanto a la repercusión de los hechos de la Revolución de Septiembre, Marbella se suma el 23 de septiembre de 1868, dos días después que Málaga. Comienza a funcionar una Junta Revolucionaria, que lleva a cabo una serie de acciones de carácter político que define su compromiso con las medidas revolucionarias. Los personajes de esta etapa mantienen una actitud anticlerical, que se refleja en algunas actuaciones respecto al cura párroco. El alcalde, hasta la I República, es Pedro Artola y Villalobos. Se encontrará con que la situación económica no le permitirá seguir con las demandas iníciale de la Septembrina, y parte de la ciudadanía no aceptará la suavización de estos principios revolucionarios. Con el grito de “abajo los consumos”, se producirán en Marbella altercados serios.
La instauración de la I República se produce en Marbella la noche del 29 de noviembre, y los protagonistas fueron ciudadanos de Marbella apoyados por elementos de otros municipios. Se nombra alcalde a José María Marín Andrades, presidente de la Junta Revolucionaria. La gestión de este gobierno se encontraba en cierto modo desamparada a consecuencia de los poderes caciquiles del municipio.
El final de siglo es una evidencia permanente de las estrecheces monetarias del Ayuntamiento , lo que evidenciará, más si cabe, la normalidad corrupta, el viciado funcionamiento de una institución clave en el sistema oligárquico y caciquil de la Restauración. Los miembros de las sucesivas corporaciones van a ser protagonistas de una serie de actuaciones que no son sino la formulación práctica de un sistema dominado por el bizantinismo, la doble moral y la corrupción. Para ilustrar la perversión en el terreno hacendístico sirva como ejemplo que en 1895 se había dejado de pagar la suscripción a la Gaceta de Madrid, que suponían 80 pesetas, y que sólo habían podido dar 25 pesetas para la «Suscripción nacional en favor de los heridos y enfermos de la guerra». Sin embargo, en junio de ese mismo 1895, el alcalde, sin dar cuenta a nadie —la dará después de la adquisición— se compró una empuñadura de oro para el bastón de mando; en octubre de 1897 dice el alcalde que está esforzándose de tal manera en la recaudación que admiten hasta «calderilla» para hacerla mayor; los sillones del salón capitular estaban destrozados, según denuncia un síndico en la sesión del 8 de enero de 1898 en diciembre del 1899 contestan a la Cámara Agraria de Málaga que no puede asistir ningún miembro del Ayuntamiento a las reuniones por carecer de recursos para desplazarse. A pesar de ello, era habitual que el Ayuntamiento aprobase sumas considerables para desplazamientos de algún miembro de la Corporación a Málaga que nunca se justificaban. O que se aprobaran, asimismo, y gastaran partidas para ejecutar obras públicas que jamás se llegarían a realizar. Entre 1895 y 1898 se «arreglaron» varias veces las calles General López Domínguez, Lobatas y Aduar; se aprueban gastos para un centenar de obras de calles, y siempre, en todas las sesiones, se daba cuenta de la «compostura y pago» de alguna cañería.
Es incuestionable que el eje sobre el que giraban estas arbitrariedades económicas fue el Impuesto de Consumos, que constituye el punto de encuentro, el motivo primordial de casi todas las disputas entre el Ayuntamiento y el gobernador civil. Las cantidades que la Tesorería Provincial reclama son altísimas, y en algunos casos como la de julio de 1895 representan casi la mitad del presupuesto total del Ayuntamiento.
El otro gran hecho que marca el siglo XIX es la creación de la colonia agrícola de San Pedro Alcántara. Un proyecto innovador que pretendía, entre otras cosas, el restablecimiento de las actividades relacionadas con el azúcar, tanto agrícolas como industriales , además de la formación de personal intermedio en las labores agrarias , y que se llevó a cabo por la iniciativa de Manuel Gutiérrez de la Concha, primer marqués del Duero. La relevancia de este hecho no ofrece dudas: San Pedro, es en la actualidad una entidad de población de más de 30.000 habitantes.
Época contemporánea: el siglo XX
La Marbella del principios del siglo XX era una sociedad fuertemente ruralizada, y se encontraba lejos tanto de la expansión industrial como de insertarse en un modelo económico, ni siquiera de reforma agrícola, que resolviera los problemas de un municipio cada vez más abocado al paro o a la emigración. El modelo económico predominante en Marbella durante los años de la Restauración responde, posiblemente, a una situación de dependencia «colonial» en la que la labor extractiva del mineral no genera riqueza en la zona ya que no se crean industrias derivadas que permitan una explotación rentable para el municipio.
Hay que hacer la salvedad de la falta de estudios sobre el primer tercio del siglo XX. Actualmente se están realizando trabajos sobre asociacionismo (por Lucía Prieto) y sobre la dictadura de Primo de Rivera (Miguel Ángel Guillén).
En cuanto a la propiedad de la tierra, entre 1915 y 1930 la estructura de la propiedad rústica se mantiene casi igual al periodo anterior, con un considerable índice de concentración (48%) en cinco latifundios: colonia de San Pedro, de El Ángel, Sierra Blanca, Hacienda de Rosado o San Manuel y Coto Larios o Coto de los Dolores. Las explotaciones agrícolas del oeste del término (San Pedro y el Ángel, se diferencias claramente de los latifundios del este por su dedicación a cultivos de regadío y caña de azúcar durante las últimas décadas del siglo XIX en régimen de explotación directa; creación de una infraestructura para regadío; de una infraestructura industrial derivada de la caña: ingenios de San Pedro y de el Ángel. En la década de los 30, la industrialización de la zona se hallaba desmantelada. Por el lado oriental, los latifundios se ocupan mayoritariamente por monte bajo y pastos.
Antes de la Guerra Civil, el 40% de la gran propiedad latifundista está controlada por personas ajenas a la localidad. Pero «Ni la importancia económica de las grandes explotaciones latifundistas de regadío, capaces de absorber un alto número de mano de obra, ni la importancia superficial de los latifundios de secano, vinculados a las oligarquías malagueñas, pueden ensombrecer el peso económico y el prestigio social que ostentan los que detentan la propiedad de fincas grandes y medianas en Marbella. De ellos, el 10% son propietarios forasteros, pero con fuertes vinculaciones políticas y económicas con el municipio, como es el caso de los Chinchilla Domínguez, los Gasset Chinchilla (...) », etcétera.
En cuanto a la propiedad urbana, el mayor protagonismo político y prestigio social correspondió a las familias que detentaban la mediana propiedad agrícola y que a su vez concentran gran parte de la propiedad urbana.
En cuanto a la población, la evolución durante la primera mitad del siglo XX se caracteriza por una disminución progresiva desde 1910, año en el que se alcanza un número de habitantes (10.286) sólo superado a partir de 1960. Por otro lado, la existencia en el término de varios núcleos diferenciados determina una evolución demográfica diferente para cada uno de ellos.
En las primeras décadas del siglo XX, Marbella presenta una sociedad eminentemente rural. La dedicación mayoritaria de la población a la agricultura y a la pesca se mantiene durante los años de la República, como revela el estudio del Padrón municipal de 1935.
La inexistencia de alternativas de empleo, más allá de la pesca, para una población dedicada a las labores agrícolas cristalizaba en la reducción del crecimiento vegetativo. Así, hasta la década de los cincuenta el volumen de residentes en Marbella se mantuvo oscilando alrededor de 10.000 habitantes, en descenso desde 1910 a 1940, cuando se alcanza el mínimo de población inmediatamente tras la Guerra Civil y tras una muy difícil situación laboral en los años anteriores a ésta. Hasta ese momento, Marbella debía ser considerada como un municipio de emigración, incapaz no sólo de mantener en él la totalidad de su crecimiento vegetativo, sino ni tan siquiera a parte del resto de su población. Esta dinámica comienza a cambiar tímidamente se signo en el periodo que va de 1940 a 1950, cuando se registra el primer incremento neto de habitantes tras cuarenta años de pérdidas; aunque este aumento no significó que los movimientos migratorios hubiesen cambiado de signo; antes al contrario, el saldo migratorio neto continuó siendo negativo. La década de 1950-1959 se producirá la ruptura definitiva, cuando el crecimiento el números absolutos será, y continúa siendo, no sólo el resultado del crecimiento vegetativo de la población asentada en el municipio, sino también de la llegada de inmigrantes.
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